Llegar a la música por el camino de las palabras...

martes, 25 de octubre de 2011

La alcoba inundada

"Economizad las lágrimas de vuestros hijos, para que puedan regar con ellas vuestra tumba." (Pitágoras)

No paraba de gritar, dolía mucho y se notaba su dolor en la mirada.
-Empuje, empuje -no paraba de repetirle la nodriza.
-No puedo... no lo soporto más.
-Ya falta poco, empuje un poco más, solo un poco.
Entonces realizó fuerza y chilló muy alto, con todas las fuerzas que le quedaban.
Acto seguido, notó las manos hábiles de la nodriza y después, un vacío en su interior. El dolor cesó.
-Ya está, ya ha pasado -le susurró al oído.
-¿Qué es? -preguntó ella con miedo.
-Una... una niña.
Las lágrimas de la madre afloraron su rostro en apenas unos segundos y pronto se desbordaron por sus mejillas. La habitación se inundó de salada desolación.
Tanto esfuerzo había resultado en vano. La mujer se observó, había sangre por todas partes, tanta que durante unos instantes llegó a pensar que moriría ahí mismo, desangrada. Egoístamente, llegó incluso al pensamiento de que si fallecía, realmente poco importaba que hubiera sido niña. Entonces pensó en su marido, en su otra hija... y volvió a ser fuerte solo por ellos, porque merecían que lo fuera.
-Dejadme verla.
La nodriza le tendió a la recién nacida en sus brazos. 
La madre la observó con cariño e irritación. El marido entró en la alcoba y también miró a la pequeña.
Le dio un beso a la mujer en la frente y le preguntó:
-¿Qué vamos a hacer?
-No lo sé. No podemos matarla -dijo angustiada, y decidió cambiar sus palabras-. No vamos a matarla, ¿verdad?
-No. No sería capaz... pero no podemos quedárnosla. No podremos pagar la dote y nadie querrá casarse con ella; por no hablar de que trabaje en el campo.
-Yo trabajo en el campo.
-Sí, pero no tienes los brazos de un hombre, tu producción es inferior a la mía. Créeme, yo también quiero cuidarla, cariño, pero no podemos. No podemos -volvió a repetir el trabajador y a él también acudieron las lágrimas.
La nodriza intervino.
-Si queréis, yo podría llevarme a la niña. La llevaría a un monasterio o buscaría a una pareja de nobles que no pudiera tener hijos, creedme hay más matrimonios estériles de lo que se pueda llegar a imaginar.
-Si no queda otra opción... -dijo la madre.
-Es lo mejor -repuso él.
-Que así sea.
No volvería a ver a su pequeña. La besó en la mejilla con cuidado y se la devolvió a la nodriza.
Su marido la envolvió en un abrazo.
-No quiero seguir intentándolo -confesó ella en un susurro, cuando la nodriza ya se había marchado-. No puedo ver partir a mis hijas. Asumámoslo, no tendremos un hijo varón.
-Sé que duele, yo también sufro. Pero necesitamos tener a ese niño, nosotros creceremos y dejaremos de ser tan hábiles. No podremos pagar los impuestos que nos impone el señor. Necesitamos más manos trabajadoras.


Ella no dijo nada, sabía que era cierto. Las niñas suponían una carga y los niños un alivio. Pensó que seguir pariendo era un acto egoísta, pero si quería seguir subsistiendo en esa sociedad, no le quedaba otra que agachar la cabeza y asumir lo que su marido le decía.
Y así lo hizo, bajó el rostro y volvió a llorar.
No solo eran lágrimas de pena por haber perdido a su hija recién nacida, eran también, lágrimas de culpabilidad.

V

2 comentarios:

  1. Y pensar que es real.
    Miles de abrazos
    Veró

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  2. es una historia encantadoramente macabra, aunque me llama mucho la atención.
    es delicada, y su lógica me da escalofrios.

    un tibio abrazo, preciosa...y un bezo.^^

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