Llegar a la música por el camino de las palabras...

miércoles, 14 de marzo de 2012

257

"El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo." (Friedrich Nietzsche)

Apenas servía el estar bien sujeto a la barra del metro. Mi espalda quedaba apoyada contra la de otro hombre y la vista no me llegaba hasta la mano que portaba el maletín, porque otra señora se situaba entremedias. Cuando el metro paraba en una estación, sentía a unas cinco personas rozándome. Hacía mucho calor; cualquiera podía robarme el maletín en esas circunstancias. Me deshice un poco el nudo de la corbata. Tres estaciones más y saldría de aquel tedioso agujero.
El minutero no parecía querer moverse. El perfume de la señora me estaba mareando. "Próxima parada, Guzmán el Bueno". Por fin, solo quedaba una. Se abrieron las puertas y una masa entró a codazos en el coche. Sentí los pechos de la señora perfumada y las rodillas del hombre que estaba antes contra mi espalda. Perdí la mano con la que me sujetaba e hice fuerza con la que sostenía el maletín. Se cerraron las puertas.


-Dejen paso, por favor, la siguiente es mi parada -dije, sin que nadie me escuchara.
Empecé a andar a contracorriente. La muchedumbre se movía en sentido contrario; yo apenas avanzaba. Todos tenían el mismo rostro y sujetaban maletines marrones. Daban pasos al unísono. Un señor con traje gris tocaba un acordeón, otro un tambor. El sonido de los pasos se sincronizaba con el del tambor. Podías dejarles dinero en... dos maletines marrones.
-257, deme algo de dinero, por favor -me rogó el del acordeón.
-¿Se refiere a mí? -inquirí.
-¿Acaso hay otro 257 en el vagón?
-Lo siento, se equivoca. Déjeme pasar, me bajo aquí.
-¿Metropolitano? -me preguntó.
-Eso es.
-Se equivoca usted. Vamos a Príncipe Pío -me aseguró, como si el metro tuviese una sola parada.
-Trabajo cerca de la estación de Metropolitano.
-¿No será usted de esos? ¿De los que aún creen que tienen nombre, trabajo e individualidad?
-Mire, no le comprendo...
-3.425.
-¿Qué dice?
-Es mi número -fue toda su respuesta.
-Oiga, esto no tiene ninguna gracia. Déjeme pasar.
-Le envidio a usted, 257, aquí todos hemos perdido ya la esperanza. ¿Ve a esas personas? Se parecen mucho a usted, ¿eh? No sé si se había dado cuenta. Todas llevan un traje gris, maletín marrón... Meros números. Van a trabajar cada día, salen de su trabajo, comen, duermen, siguen trabajando, practican el sexo y duermen. Viven como máquinas. Bueno, realmente son máquinas. Fíjese usted bien... no tienen orejas, son teléfonos táctiles, ¿lo ve? -era cierto, tenían teléfonos móviles a ambos lados de la cara-. El ruidito ese no para de sonar. Yo, al menos, conservo aún mi acordeón. Me monto cada día en el tren buscando a alguien como usted, alguien que todavía pueda escuchar mi música. Intento ser yo, pero cada día soy más ellos, parte de la masa. Ya no recuerdo mi nombre, ni el de mi esposa, solo el de mi madre, que murió hace muchos años. Se llamaba Elena, bonito, ¿verdad? A mí me suena mejor que cualquiera de mis melodías. Yo ya no disfruto cuando hago el amor con mi mujer, ¿usted sí?
-¿Qué dice? Mire, me bajo ya.
Pasé delante de él y de otros tantos como él, apartándolos a codazos, quise salir de allí, huir lejos, llegar a casa y verme en el espejo y descubrirme a mí mismo en el reflejo. Temía que sus palabras fueran ciertas, que no existieran los individuos, que fuese ya un colectivo. Sostuve con fuerza mi maletín y conseguí bajar del vagón en Metropolitano.

Cuando se cerraron las puertas, oí en el andén un ruido muy cercano, tan cercano, que provenía de mí mismo. Era el sonido de un teléfono móvil.

V

1 comentario:

  1. Qué increíble como lo relatas. Y es real, tan real...
    Hace tiempo que no me pasaba, ni siquiera por mi blog. Me encantó. Volveré.
    Miles de abrazos
    Veró

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