Llegar a la música por el camino de las palabras...

jueves, 1 de marzo de 2012

El amor en el siglo XX

"No existe la guerra inevitable. Si llega, es por fallo del hombre." (Andrew Bonar Law)

Inglaterra, agosto de 1940.

Lo cierto es que los criados parecían aquella mañana más nerviosos de lo que yo misma estaba.
Iban de aquí para allá, escaleras arriba, escaleras abajo. No pasaba ni medio minuto entre dama y dama de mi confianza, que entraba para enseñarme tal o cual vestido. Todos me parecían iguales, preciosos sí, pero asfixiantes también. Finalmente me decanté por uno escarlata, únicamente por que me dejaran sola durante un breve espacio de tiempo. Dejé el vestido sobre la cama y me dirigí al ventanal de mi habitación, que daba al jardín, a nuestro hermoso jardín.
Observé a John, el jardinero, cortando algunas hojas secas, él era el único que no me llamaba lady Lepselter, sino simplemente Alice, especialmente cuando jugaba a quitarme la ropa.
Apoyé la cabeza en el cristal, el frío de la ventana me ayudaba a aclarar las ideas.

Aquella tarde se celebraba mi pedida de mano, con un hombre que traería muchos beneficios económicos a mi familia, además era apuesto, culto y me hacía reír. No tenía de qué quejarme, mis padres habían hecho la mejor de las elecciones, salvo por el hecho de que aquel hombre no era mi John. Además yo no estaba dispuesta a vivir toda una vida encorsetada, teniendo como único entretenimiento un piano y una laberíntica biblioteca.
La gente del campo me envidiaba, yo les envidiaba a ellos. Necesitaba mantener la mente ocupada, me daba igual tener que ensuciarme las manos. Paradójicamente los momentos más felices de mi vida los había pasado durante el transcurso de la Guerra civil española, cuando había trabajado como enfermera ayudando a los republicanos españoles que habían caído en manos de los franquistas. Me había sentido útil por primera vez.
Pero aquellos meses de 1937 ya habían pasado, la guerra había acabado, y yo había vuelto a Inglaterra junto a mi familia y la monotonía de la casa.
Golpearon la puerta.
-Adelante.
-Señorita Lepselter, ¿está ya lista?
-Sí, ya bajo, Edgar.
Volví a asomarme por la ventana, una lágrima rebelde resbaló por mi mejilla. John estaba mirando. Lo saludé con la mano. Me devolvió el gesto, parecía preocupado.

...

Tiré las herramientas al suelo sin pensar. Salí corriendo hacia la casa y subí las escaleras de dos en dos. Siempre había pensado que lo mejor era dejarla con su vida acomodada, pudiendo gozar de un futuro que yo nunca podría otorgarla, pero había esperado hasta el último segundo y aun así, ella seguía derramando lágrimas, moviéndose como un espectro por las habitaciones, sin apenas probar bocado, lamentándose de su desdicha. 

Edgar me observó anonadado desde el pasillo, me gritó, intuyendo mi acción, pero lo ignoré e irrumpí en la habitación de Alice. Casi me estampé contra ella, su rostro estaba a menos de diez centímetros. Había llegado en el momento exacto, tenía pensado salir y hacer frente a lo que su deber la exigía.

La escasa distancia me hizo perder el sentido. La besé en los labios sin poder contenerme. Cerré la puerta con el pie derecho, mientras sus hábiles dedos tomaban cartas en el asunto y se dedicaban ya a arrancar como podían mi uniforme de jardinero. La tomé por la cintura y la acorralé al precipitarla contra la pared.
Me pregunté si no le molestaría mi hedor a sudor, pero ella no mencionaba palabra alguna, sus manos me tomaban por el cuello y se enredaban en mi pelo con ansia y cierta desesperación.
Aparté sus labios de los míos y la miré a los ojos. Tenía la mirada triste.
-John, te amo.
-Te quiero muchísimo, Alice.
Volví a besarla, primero los labios, después el cuello. Saltó sobre mí y me rodeó con sus piernas. La quité el vestido, ahora inundado yo también de esa misma desesperación, y la dirigí en volandas hacia la cama. Quedaba poco para que su cuerpo y el mío se fundiesen en uno solo cuando Alice me hizo frenar.
-¿Qué sucede? ¿Estás bien?
-John, me están esperando abajo...
-¿No quieres hacer esto? Pensé que...
-Chsst -me silenció y me dedicó un breve beso-. Marchémonos, vayámonos de aquí.

...

Alice y John nunca estarían juntos. Aquel soleado 24 de agosto de 1940 los aviones alemanes bombardearían el puerto de Londres, justo cuando ambos se preparaban para tomar un barco con rumbo a un nuevo futuro en el país vecino, Irlanda, y así poner fin a sus antiguas vidas.
Los alemanes pedirían perdón por el ataque, mientras, Churchill sacaría partido de la situación, decantándose por atacar Berlín. El pueblo de Inglaterra se lo agradeció.

Pero ningún país recordó a Alice o a John.

V

4 comentarios:

  1. Hay algo esta semana respecto a la suerte de los individuos... simplemente nada funciona, en ningun lugar... ni en las letras.

    Tk care, and thanks for the story :)

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  2. Muy buen relato. Al menos no murieron en la mentira de llevar una vida no querida.

    El acostumbrado abrazo.

    Paramédico

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  3. Preciosa historia, aún a pesar de ese final tan dramático.

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