Llegar a la música por el camino de las palabras...

martes, 18 de marzo de 2014

Una colchoneta de playa para un día soleado

"¡La doctrina de la igualdad!… Pero si no existe veneno más venenoso que ése: pues ella parece ser predicada por la justicia misma, mientras que es el final de la justicia..." (Friedrich Nietzsche)

Creía que el sol nunca volvería a salir. Pero por suerte me equivocaba y aquí está de nuevo. Edel está radiante, se pasea de un lado a otro de la casa sin parar, silbando una vieja canción que creía ya olvidada. La veo venir hacia mí, me pregunta si se pinchó la colchoneta la última vez que fuimos a la playa, le contesto que no, que debe andar por el trastero, y volotea hacia el interior de nuestro hogar en busca del artículo de playa.
Hemos invitado a una merienda-cena a mi hermano, al que creía yo solterito de oro. Se divorció de su mujer el otoño pasado y se fue a Londres, con el deseo de superar la ruptura. ¡Y tanto que la superó! Antes de ayer me llamó, para contarme que volvía a España y que lo hacía acompañado... ¡El muy truhán! Qué ganas tengo de verlo...
-Edelmira, ¿has sacado ya la nevera portátil? -le pregunto a mi mujer.
-No me llames así; ya sabes que no me gusta. Y no, sigo buscando la colchoneta, que no la encuentro, ¿seguro que la guardamos en el sótano? -duda.
-Hay que joderse, ¡pues habrá que meter las cervezas para que estén frías!
-¡Ahora voy! Si no, que vayan a la nevera de la cocina...
-Sí, hombre, y que vean cómo has dejado la pared.
-Te recuerdo que no fue culpa mía, si hubieras estado pendiente... -se excusa.
-Ya, venga, lo que tú digas.
-Sabes que es cierto, que si me ayudaras un poquito, eso no habría pasado.
-Vale, vale, no quiero discutir. Saca la nevera pequeña, que yo voy a buscar el trozo de plástico ése, que vaya perra te ha entrado, si lo mismo ni se quieren bañar en la piscina.
-Ya verás como sí, que en Londres hace siempre muy malo.

No encuentro la colchoneta, quizá nos la hayamos dejado en la casa de la playa. Subo del sótano y salgo al jardín para ver si todo está en orden. Edel ha llenado la mesa de jamón ibérico, queso curado, pan, espárragos y hasta gambas, y ha colocado en el centro un par de velones para cuando caiga la noche.
-Qué bien lo has dejado todo, cariño.
-Lo sé -comenta, satisfecha de sí-. Voy a subir a cambiarme, que deben de estar al caer. ¿Has encontrado la colchoneta?
-No, lo siento, seguramente se quedó en la playa.
-Vaya... Bueno, ahora bajo.
-Aquí te espero -contesto, mientras ella sube de dos en dos la escalera que lleva a las habitaciones.


Diez minutos más tarde suena el timbre y aparece mi hermano tras la puerta. Se ha cortado el pelo; le hace lucir más joven. Detrás de él aparece un chaval, de su misma edad o de, quizá, un par de años menos.
-¡Hugo, ¿qué tal?! -le saludo, dándole un abrazo.
-Muy bien, hermano, contento de estar ya en España. Qué alegría me da verte, estás igual que cuando me fui.
-Ja, ja, eso intento... -le digo-. ¿Con quién has venido? ¿No te ibas a traer a la novia?
-No, no, yo solo te dije que iba a venir con pareja, no que fuera una mujer.

-¡Hugo! ¿Cómo estás? ¡Qué guapo te veo! -exclama Edel, que acaba de llegar al vestíbulo-. Pero pasa, pasa, no os quedéis ahí. ¿Con quién has venido?
-Él es Edwin, pero le podéis llamar Ed.
-Oh, vaya, mira, encantada, yo soy Edelmira, todo el mundo me conoce como Edel, pero me puedes llamar Ed también, así de fácil -ríe ante su ingeniosidad.
-Creo que no te ha entendido, aún sabe muy poco español -cuenta mi hermano.
-Bueno, no importa. Vamos al jardín, que es donde lo he puesto todo. Hemos preparado ya la piscina, no sé si os querréis bañar...
-La verdad es que hemos traído bañador. Tenía la esperanza de poderme dar un remojo, he echado tanto de menos este clima...
-¡Lo sabía! Se lo había dicho a Germán, ¿verdad, cariño? -su pregunta es retórica, así que no la contesto-. Aunque ha estado haciendo muy malo, supongo que porque todavía no es verano realmente... ¡Pero mira qué día el de hoy, quién diría que estamos en mayo! Llevamos toda la mañana buscando la colchoneta. Me encanta tumbarme encima y poder tomar el sol al mismo tiempo que meto los dedos en el agua, ¡es tan relajante! Pero nada, debemos habérnosla dejado en la casa de la playa. ¡A ver cuándo os venís a verla! Es fantástica...

¿Hugo, gay? ¿Desde cuándo? ¿Qué es esto? Primero sale con Rebeca, luego se casa con Alicia, ¿y ahora Edguin? ¿No le bastaba con haberse comprometido? No, había que probarlo todo, y para eso, claro, tenía que liarse con un homosexual extranjero. Que digo yo que si lo que quería era tirarse a un hombre, no hacía falta que se fuera a Gran Bretaña...

-¿No vienes, Germán? -me pregunta Edel.
-Ahora voy.
-¡Te esperamos en la piscina! -grita.

Y a mi mujer le da igual. Será cosa mía, que estaré anticuado... Total, ¿qué más da? Todavía es joven, que se divierta, que haga lo que le dé la gana, que ya encontrará a una que le haga asentar la cabeza. Eso sí, no se tendría que haber casado. Pobre Alicia... a lo mejor, con un poco de suerte y todo, consigue volver con ella, nunca es demasiado tarde.

Necesito una cerveza. En menudo desastre ha convertido Edel la cocina... Seré tonto, si he metido las latas en la neverita...
Salgo al jardín a por ellas.

-¡Germán, Germán! -grita Edel entusiasmada nada más verme-. ¡He encontrado la colchoneta! ¿Ves cómo no nos la habíamos dejado en la otra casa? Sabía yo... Pero está pinchada, tal y como recordaba. Aun así, mira, he encontrado un balón de estos, también hinchables, vamos a jugar al volley en el agua, ¿te apuntas?
-No, gracias, me voy a tomar una cerveza.
-Va, no seas soso.
-No, no, no me apetece, luego si eso -digo, sentándome en una pequeña silla de playa que Edel ha dejado sobre el bordillo.
-Está bien, tú te lo pierdes -me espeta.

Se ha nublado el cielo y está empezando a chispear. Con lo claro que estaba el día... Creo que mañana llamaré a Alicia... o a Rebeca. Si es que solo hay que mirarlos... El chaval da a la pelota como una nenaza, en cambio mi hermano... Estoy seguro de que el capricho éste se le pasará en dos días.
-¡Vamos, Ed! ¡Que se entere Hugo de cómo se juega! -lo anima Edel.
El chico da a la pelota y, esta vez, consigue hacerlo con fuerza, pero sin dominar la dirección. El balón no se dirige a mi hermano, sino a mi cabeza. Suelto la cerveza para protegerme, siento cómo se derrama el líquido por mi pecho y, aunque cojo el balón a tiempo, noto cierto balanceo en la sillita. Creo que me voy a caer...

-Are you OK, German? -me pregunta el inglés.
-Ayúdame a levantarme, joder.
-Pinchado, ball.
-¿Qué coño dices?
-La ball, pelota, pinchado también. 

V

1 comentario:

Escribe palabras para poder llenar este vacío pentagrama.