Llegar a la música por el camino de las palabras...

jueves, 29 de mayo de 2014

Pan de ajo

"Si la justicia existe, tiene que ser para todos; nadie puede quedar excluido, de lo contrario ya no sería justicia." (Paul Auster)

-Vamos, vamos, moveos, los de la 14 llevan por lo menos quince minutos esperando -apremia Luisa.
-No damos a basto, no sé por qué hoy ha venido tanta gente -comenta Emilio, mientras tira una caña a toda velocidad.
-Iris, ve cortando el pan, échale el ajo y pon el horno a unos 170º -ordena Luisa, con el ceño fruncido.
-Pero...
-No hay peros que valgan, ya has visto el lío que tenemos montado, así que, venga, estás tardando.
-Voooy -responde Iris, dirigiéndose a la cocina.

Una vez en ella, ve cómo los cocineros vuelan de un lado para otro, no son muchos, pero parecen ocuparlo todo. A algunos les caen gotas de sudor por el rostro. La verdad es que ahí dentro, hace mucho calor. No le cabe la menor duda, tiene que ayudar, cuanta más ayuda, mejor.
Tras un par de ojeadas, encuentra un espacio libre, coge la barra de pan que guardan detrás de la puerta y se dirige a su pequeño trozo de encimera. Corta el pan en rebanadas. Lo ha visto antes, aunque Luisa no se lo haya indicado, tiene que ir a por la mantequilla a la nevera. De camino, enciende el horno, es extraño, pero nadie lo está utilizando, todos están calentando cosas en las sartenes o cortando embutido. 
Busca el ajo, lo machaca; el perejil; la pimienta y la sal, y echa un poco de todo en un cuenco, donde lo bate junto con la mantequilla.
Unta las rebanadas de pan con la extraña mezcla, las envuelve en papel de plata y las mete en el horno. Pasados cinco minutos, saca el pan. Lo olfatea... le encanta el olor del pan recién hecho. Le quita el papel, y otra vez dentro, solo tres o cuatro minutitos más. Tiene que quedar crujiente. ¡Listo!
Le pregunta a Diego, que ha dejado la sartén y ahora está cortando fresas, dónde están los platos pequeños y, una vez que los encuentra, pone tres rebanadas por plato. Los deja en su rincón y vuelve a la barra.


-Ya está -le dice a Elisa.
-¿Ya? Fenomenal. Pues ahora coges uno de los platos de pan que has preparado, sirves una botella de agua de medio litro y una jarra de tinto y lo llevas todo en una bandeja a la mesa 2, que han pedido las bebidas hace ya diez minutos -ordena.
-Pero eso va a pesar mucho...
-Tú puedes, campeona.
Le ha llamado campeona... Iris podía, Iris podía con eso y con mucho más porque era una campeona.
-En un segundo lo tienen, mami.

Pero, en un segundo, a Iris se le cae la bandeja con todas las bebidas sobre los comensales de la 2.
-Lo siento, lo siento... -susurra.

-Señora, ¡voy a denunciarla por explotación infantil! Si no puede con todo este trabajo, contrate a más personal, ¡que no creo que les vaya tan mal el negocio!
-No chille, por favor... -implora Iris.
Luisa se acerca a la mesa.
-Lo siento, caballero, no volverá a pasar...
-No, claro que no, nos vamos. Venga, Cristina -dirigiéndose a la persona con la que está sentado-, yo ya no quiero comer aquí.
-Vale, voy, voy, pero cariño... ¿has probado este pan? ¡Está buenísimo!

-Iris, cielo -la llama Luisa-, ve a hacer más pan para los señores.

V

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